Entrevista en La Segunda

la-segunda-digital-1Entrevista sobre la nueva edición de La ciudad de los hoteles vacíos (Narrativa Punto Aparte, 2014) pubicada en el diario La Segunda.

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Dos cuentos de Cormac McCarthy

CormacCormac McCarthy ha escrito solo dos cuentos, Wake for Susan (Velorio para Susan) en 1959 y A Drowning Incident (Un ahogamiento) en 1960. Ambos relatos fueron publicados en The Phoenix, el suplemento literario de Orange and White, el diario estudiantil de su alma mater, la Universidad de Tennessee. McCarthy no volvió a publicar hasta 1965, año en que apareciera la primera de sus diez novelas, The Orchard Keeper (El guardián del vergel).

Pese a recibir ofertas, el autor nunca ha querido reeditar los cuentos que publicara bajo el nombre de C.J. McCarthy. Consultado hace unos años por la posibilidad de volver a incursionar en el género, dijo a The Wall Street Journal: «No me interesa escribir cuentos. Difícilmente parece valer la pena hacer algo que no tome años de tu vida y te conduzca al suicidio».

Si bien sería aventurado decir que en estos relatos se avisora al escritor en que se convertiría, sí se pueden advertir ciertos temas de su obra. En Wake for Susan, McCarthy explora la relación entre el mito y la historia, y en los dos cuentos el paisaje es una presencia permanente que trasciende la descripción para a ratos cobrar un protagonismo ominoso. Tanto Wes en Wake for Susan como el personaje anónimo de A Drowning Incident son individuos solitarios que se sienten más a gusto en la naturaleza que en la compañía de otros.

Pero más allá del análisis y la curiosidad bibliogáfica, se trata de dos muy buenos relatos.

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Plots With Guns

PWG-Winter2013-homeNuevo número de la revista de literatura negra Plots With Guns.

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Literatura best-seller vs. literatura a secas (I)

PackerEn diciembre, los suplementos literarios suelen publicar listas de los libros más destacados del año. El supuesto es que cada año hay suficientes obras como para construir listados de hasta 100 títulos y entrevistar a distintas personalidades de la industria editorial sobre sus preferencias. El tiempo es quien mejor calibra esos rankings de calidad literaria, pero aún cuando muchos libros aplaudidos son olvidados en cuestión de meses – basta con revisar las listas anteriores – hay años particularmente fructíferos. Al menos para la literatura anglosajona, uno de esos años fue 1922, cuando se publicó, entre otros, el Ulises de James Joyce, La tierra baldía de T.S. Eliot y Hermosos y malditos de F. Scott Fitzgerald.

Junto a ese ranking subjetivo se encuentran las listas de los libros de mayor venta. En Estados Unidos, el título más vendido de 1922 fue uno que nadie recuerda: Si llega el invierno, del británico Arthur Stuart-Menteth Hutchinson. Precedido de un éxito similar en el Reino Unido, relata la historia de un veterano de la Primera Guerra Mundial que no logra adaptarse a la vida de los suburbios y se debate entre salvar su matrimonio o escapar con otra mujer.

Tratar la disolución de una familia, en especial de la forma melodramática en que lo hizo Hutchinson, era controversial para la época. La angustia suburbana emergía como un tema recurrente en la literatura, en la medida que la población de las mismas urbes crecía y el acceso a los libros se masificaba. Tan solo tres años después, William Dudley Pelley, otro autor en su momento popular y hoy olvidado, publicó la novela Drag, cuyo título alude al «peso muerto» que significan la familia y el matrimonio para el joven periodista que protagoniza la historia (*). Tanto la obra de Hutchinson como la de Pelley fueron adaptadas al cine en películas casi tan olvidadas como las obras que las inspiraron.

Pese a sus cuestionables méritos literarios, es muy posible que, como buenos best-sellers, estas novelas hayan hecho algo más – y a la vez más simple – que capturar el zeitgeist de su época. Tal vez su principal logro sea el contar una historia entretenida, en el entendido que el concepto de «entretención», en especial en literatura, es bastante más volatil que los valores pretendidamente perennes que se suele atribuir a las obras de, por ejemplo, el canon de Harold Bloom. Esta característica del best-seller debe mucho a la novela serial de fines del siglo 19 y comienzos del siglo 20, con su apelación a la emoción pasajera y su multiplicidad de episodios y subtramas que desvían temporalmente el camino hacia la resolución del argumento (por lo general, una restauración del orden o al menos una conclusión predecible que satisfaga las expectativas de un lector que busca distraerse y, a lo sumo, reafirmar prejuicios y convicciones).

LibrosSegún Jonathan Gottschall, autor de varias obras sobre la relación entre literatura y evolución, la predilección de muchos lectores por las novelas centradas en el argumento es la manifestación de una necesidad evolutiva de entender el mundo a través de relatos. Más allá de lo dudoso de esta proposición -el gusto por las historias puede tener múltiples causas, los best-sellers pueden ayudar a entender la época como objeto de estudio en sí más que por méritos propios, etc. -sí da cuenta de una característica fundamental de este tipo de libros. Si hay algo que se mantiene constante en la arquitectura del best-seller, es apoyar el andamiaje de la novela en la trama, típicamente un argumento de pulsión rápida y giros que apelen al suspenso y la emotividad. Por su parte, para escritores como el recientemente fallecido Manuel García Viñó, tal vez el más virulento crítico del establishment literario español, la despreocupación por los aspectos estéticos y filosóficos de la novela es señal de la decadencia del género y resultado de la necesidad capitalista de convertirla en un producto comerciable.

Frente al best-seller, tanto la academia como la crítica periodística han oscilado entre estos dos polos: un best-seller es bien recibido por el reseñador cuando cumple con la expectativa de una lectura «entretenida» y su argumento es lo suficientemente compulsivo. Asimismo, un best-seller falla para el crítico cuando su trama no logra compensar la falta de valores propiamente literarios y queda al desnudo como un simple producto de consumo.

(Más en la segunda parte)

(*) Si bien las obras de Pelley también pueden parecerles melodramáticas a un lector moderno, otra razón para que ya nadie lo recuerde como escritor se halla en su peculiar biografía. En los años 30, fundó un movimiento político llamado «Silver Legion» (Legión plateada) que apoyaba abiertamente a Hitler (sus miembros eran conocidos como los «camisas plateadas»). Tras ser juzgado por sedición, se dedicó al ocultismo hasta su muerte en 1965. 

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La caída según John Gardner

John Brosio
«Creo que un cierto tipo de Estados Unidos está condenado, pese a que algo más grande pueda venir. El novelista y tan solo el novelista prospera en el descalabro, porque ese es el momento en que puede analizar la belleza de los valores que están cayendo y ascendiendo… El fin de una gran civilización siempre es un gran momento para la ficción. Cuando la vieja Inglaterra a fines del siglo diecinueve cayó, vino Dickens; cuando Rusia se desplomó, vino Tolstoy… Uno espera con ansias la caída de las grandes civilizaciones porque nos entrega un gran arte» – John Gardner.

«I think a certain kind of America is doomed, though something greater may be coming. The novelist and only the novelist thrives on breakdown, because that’s the moment when he can analyze the beauty of the values that are falling and rising… The end of a great civilization is always a great moment for fiction. When the old England at the end of the nineteenth century fell, along came Dickens; when Russia fell apart, along came Tolstoy… One looks forward to the fall of great civilizations because it gives us great art.» – John Gardner.

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El culto de Carver

Raymond CarverEl escritor estadounidense Kyle Minor compartió hace poco una interesante reflexión sobre Raymond Carver en su página de Facebook. En ella, Minor se pregunta por la predominancia del minimalismo en muchos programas de escritura creativa y del efecto, a su juicio sofocador y estéticamente homogeneizante, que ha tenido sobre generaciones de escritores en Estados Unidos. Minor lamenta que su estética sobria y contenida se haya convertido en un modelo para tanto profesor y escritor joven, y que haya inhibido la búsqueda de opciones propias.

Sin compartir dicho juicio del todo – principalmente porque nunca he estado en un taller de escritura creativa y porque los autores que prefiero leer no son habitualmente catalogados como minimalistas – sí me parece observar dicha influencia en muchos de los autores que publican su primera colección de cuentos o bien aparecen en las revistas literarias del país.  No solo eso, sino que me parece observarla en muchos escritores nuevos e incluso considerados novedosos (Tao Lin, por ejemplo), al punto que esa apuesta por la sobriedad y la contención tanto temática como lingüística los hace indistinguibles, o al menos difíciles de recordar.

No creo que las preferencias literarias de un instructor (o un departamento de literatura) puedan o deban «moldear» a un autor a tal punto que su obra se vuelva un pastiche. Estados Unidos cuenta con varios escritores que han influido desde su puesto en programas de escritura creativa y que sin embargo no han forzado en sus alumnos (o llevado a otros a forzar) una estética que emule su propia obra. Oakley Hall – autor de la novela del Oeste, Warlock, favorita de Thomas Pynchon – formó a cientos de escritores en el programa de escritura creativa de la Universidad de California, Irvine. Dos de los más conocidos son Michael Chabon y Richard Ford. El mismo Carver reconocía como uno de sus maestros al hoy olvidado John Gardner, un excelente autor cuyas teorías sobre la literatura y moral (en resumen: que la literatura debía poner a prueba los valores humanos y aspirar a la realización del hombre) lo enfrentaron a contemporáneos como Philip Roth y Saul Bellow. Ciertamente, la idea de «ficción moral» de Gardner así como el clasicismo de su propia literatura no tienen mucho que ver con el minimalismo carveriano.

CathedralEn la discusión planteada por Minor en Facebook, hice notar la influencia de Carver más allá de las letras estadounidenses, ya sea en alguna literatura hispanoamericana reciente (Bolaño lo reconoce como un modelo, pero su marca es más apreciable en autores más jóvenes) o incluso en el cómic independiente de EE. UU.  (un buen ejemplo es la obra de Adrian Tomine). También aventuré una tesis que alguna vez espero desarrollar: Carver cobró tanta influencia en la literatura estadounidense en estas últimas décadas porque su estética es, en apariencia, fácil de asimilar y porque todo escritor competente puede crear un pastiche efectivo de un cuento minimalista. Ello no resta mérito alguno a Carver, pero tampoco garantiza que el resultado esté a la altura del original, algo de por sí difícil si se adopta como propia y sin cuestionamientos una estética ajena.

Por otro lado, el minimalismo meramente formal, imitativo, superficial, el que bebe de mala manera de Carver, deriva en una sintaxis cautelosa, una literatura opaca, una representación atomizada del hombre que comienza y termina en la cotidianidad, y una visión de mundo que si no es conservadora, al menos es despolitizada. Es decir, no hay mejor literatura para una sociedad cuyo sistema político fomenta la desmovilización y la despolitización que el minimalismo degradado de los malos imitadores de Carver. Según mi tesis, ello explicaría al menos en parte su aceptación tan amplia en la academia y entre los escritores formados en ella.

Puede que esté completamente equivocado, pero la idea me parece lo suficientemente provocadora como para seguir indagando. Por cierto, es probable que solo sea provocadora para mí. Mi comentario no generó reacción alguna entre quienes debatían acerca de la reflexión de Minor en Facebook. De hecho, solo Minor tuvo la gentileza de poner un «like» bajo mi intervención.

En fin, después de este preámbulo, comparto la reflexión de Kyle Minor sobre Carver. Me tomé algunas libertades con la traducción para hacerla más legible, pero me parece que mantiene la integridad del argumento. Para los que prefieran, pueden leer el texto en inglés más abajo:

Raymond Carver dibujo«He llegado a pensar en la influencia de Raymond Carver como algo en definitiva destructivo para la ficción estadounidense. Sí, escribió algunos grandes cuentos – Catedral y Una pequeña cosa buena y El mandado, por nombrar algunos. Pero su directriz – nada de trucos – y su proyecto más amplio – por favor, nada de heroísmos – me parecen, a la distancia, haber sido máquinas perfectamente diseñadas para despojar a la ficción estadounidense de algunos de los mejores recursos disponibles para sus escritores – la conciencia en su plenitud, el lenguaje en su plenitud, la totalidad del espectro de tropos retóricos, la herencia completa del modernismo, todo el rango de puntos de vista disponibles, toda la inteligencia, la mente que piensa en forma abstracta y ensaya y dialoga detenidamente con la memoria, el gran poder del tiempo que no solamente es el tiempo presente.

Creo que una generación completa de escritores maximalistas estadounidenses muy interesantes fue innecesariamente marginada a raíz del culto a Carver, y que una generación completa de escritores estadounidenses que pudieron ser más interesantes mutaron su potencial y su ambición para plegarse a lo que estaba de moda. Se puede ver en la obra más reciente de algunos de estos escritores (y también en parte de la obra tardía de Carver, en cierta medida), un esfuerzo urgente en contra de estas fastidiosas restricciones. Los mejores escritores de esa época, para mi gusto, eran aquellos escritores que siguieron su propio camino en vez de seguir a lo que estaba de moda. Probablemente siempre haya sido igual, pero dado que el auge de Carver coincidió con el gran crecimiento del número de programas de escritura creativa, sus imitadores se encontraban en el lugar indicado y en el momento indicado para conseguirse un trabajo vitalicio de profesor e impartir sus limitantes consejos a estudiantes como si fueran palabra revelada.

Creo que esos tiempos se están yendo rápidamente, pero hay algo que vale la pena apuntar: la literatura no se nutre del pensamiento grupal, de la moda, del que todos hagan lo mismo, de las prescripciones hechas para reducir y erigir muros en torno a la práctica, en vez de abrirla a mayores posibilidades. La literatura se nutre de maestros y lectores que leen ampliamente, piensan ampliamente, intentan comprender las fortalezas y debilidades de los elementos que constituyen los cuentos, poemas y libros, intentan absorber todas las tradiciones en competencia, y luego tratan de convertirlas en algo singular, de convertir lo viejo en nuevo y lo nuevo en nuevo, y principalmente adoptar una postura de apertura fundamental en asuntos de forma, lenguaje, tradición y género, para servir y quizás iluminar cualquier visión que el cuento o el autor pueda estar buscando en la penumbra».

Y la versión en inglés:

I have come to think of Raymond Carver’s ascendancy as ultimately a destructive thing for American fiction. He did write some really great stories — Cathedral and A Good Small, Thing and Errand, to name just a few. But his directive — no tricks — and his broader project — No Heroics, Please — seem in retrospect to have been perfectly designed machines to rob American fiction writing of the best resources available to its writers — consciousness in its fullness, language in its fullness, the whole broad spectrum of rhetorical tropes, the full inheritances of modernism, the full range of available points of view, the whole of the intelligence, the mind that thinks abstractly and essays and reckons at length with memory, the great power of time that isn’t just present time.

I think that a whole generation of very interesting American maximalist writers were needlessly marginalized because of the cult of Carver, and that a whole generation of American writers who could have been more interesting muted their potential and their ambition in order to join what was fashionable. You can see in the later work of some of these writers (and in some of Carver’s later work, to some extent, as well), an urgent straining against these chafing constrictions. The better writers of that era, to my taste, were those writers who chased their own thing rather than chasing after what was fashionable. Probably that’s always how it is, but because Carver’s rise coincided with the great expansion in the number of creative writing programs, his imitators were at the right place at the right time to find lifelong teaching jobs, and pass along corresponding limiting advice to students as though it were gospel.

I think that time is quickly passing, but here’s a thing worth noting: Literature isn’t nourished by groupthink, by fashionability, by everyone doing the same thing, by prescriptions meant to reduce and build walls around practice rather than to open things up in the direction of possibility. Literature is nourished by teachers and writers and readers who read broadly, think broadly, try to understand the inherent strengths and weaknesses of all the elements from which stories and poems and books are made, try to absorb all the competing traditions, and then try to stretch out, every one, into something singular, to make new from old and new from new, and most of all to take a posture of fundamental openness toward questions of form, language, tradition, and genre, in order to serve and maybe light whatever vision the story or the storyteller might be chasing in the near dark.


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Sin gestos, sin palabras, sin llanto

GestosAcabo de leer una pequeña novela del autor chileno Herbert Müller titulada Sin gestos, sin palabras, sin llanto (1957). Antes me había topado con Müller en una antología de cuentistas de la Generación del 50 editada por Enrique Lafourcade. Titulada Antología del nuevo cuento chileno (1954), es una de tantas colecciones pretendidamente fundacionales que solían editarse en Chile para introducir a autores jóvenes y replantear la narrativa breve como si recién la estuviésemos descubriendo (la introducción del volumen, escrita por Lafourcade con el pomposo título de «Exordio», parte con la pregunta «¿Qué es un cuento?»). Entre los cuentistas figuran autores que se consagraron rápidamente como José Donoso, Guillermo Blanco y Jorge Edwards, nombres que han sido redescubiertos en los últimos años como Claudio Giaconi y Luis Alberto Heiremans, otros que en ese entonces tenían muy poca obra a su haber (Félix Emmerich, quien hoy es más conocido como Fernando Emmerich), y algunos que, al menos para mí, son descubrimientos como Müller.

Nacido en Viña del Mar en 1923,  Herbert Müller Puelma publicó los libros de relatos Perceval y otros cuentos (1956), La noche en casa (1959) y Ciertas leyes que rigen a los astros (1962), así como la novela ya mencionada. Es decir, su carrera literaria se concentra en ocho años y cuatro publicaciones que individualmente no superan las 70 páginas.  Pese a su relativa oscuridad y el escaso volumen de su obra, Müller gozó de reconocimiento incluso varias décadas después de «retirarse» del mundo literario. Ya en la antología de Lafourcade, el editor destaca «la pureza estilística y la claridad conceptual» de los cuentos de Müller así como «la respiración interior de su prosa», y augura que el autor, que entonces tenía 31 años, «será, a poco andar, uno de nuestros escritores de mayor significación y jerarquía». Ese mismo año, el poeta Gonzalo Rojas escribe en la revista Extremo Sur que los «cuentos de Herbert Müller y los poemas de Nicanor Parra son, sin duda, las dos altas cumbres de la expresión literaria chilena en 1954». Esta mención es particularmente honrosa si se considera que la obra que Parra publicó ese año es Poemas y antipoemas y Müller se encontraba a dos años de editar su primer libro.

Por esos años, el mismo Parra le reprocharía a Müller sus simpatías por el candidato presidencial de la derecha, Jorge Alessandri, en su poema «Noticiario 1957». Dice una de sus estrofas:

Enrique Lihn define posiciones
Perico Müller pacta con el diablo
Médicos abandonan hospitales
Se define la incógnita del trigo

Parra contrasta la postura política de Lihn con la de «Perico» (sobrenombre de Müller), quien radicalizó su posición con los años y se afilió al movimiento anticomunista Chile Libre, fundando en 1960 por el también alessandrista Eduardo Boetsch. En una entrevista publicada en 1963 en Ercilla, Enrique Lafourcade califica las actividades de Müller en Chile Libre como «lamentables».  Lafourcade, quien venía llegando a Chile tras pasar tres años como escritor residente en la Universidad de Iowa, se burla de la supuesta cercanía con los poderosos de Müller y hace un juego de palabras no muy creativo con algunos  títulos de sus cuentos: «Tratar de convencer a los dueños de fundo para que pasen ‘la noche en casa’, ‘sin gestos, sin palabras, sin lágrimas’, sometidos a ‘ciertas leyes que rigen los astros’, es tarea inútil y que no se cumplirá ni ‘a las doce y cuarto’«.

En la entrevista, que conduce el también escritor Juan-Augustín Palazuelos, se asegura que el activismo de Müller es «tema de actualidad entre los escritores» chilenos. En un comentario que más bien parece crítica, Palazuelos agrega que, según el propio Müller, sus obras han sido editadas por terceros, y que el escritor considera que su obra más importante es el material proselitista que Chile Libre distribuye en las zonas rurales del país.

PercevalEl nombre de Müller vuelve a aparecer en una crónica publicada hace unos años en El Mercurio acerca de la tradición de las «apuestas políticas» en Chile, donde famosos acordaban penitencias como, por ejemplo, zambullirse en la pileta de la Plaza Bulnes si su candidato predilecto perdía una elección. En ella se cuenta cómo, a raíz del triunfo de Jorge Alessandri en la elección presidencial de 1958, el poeta Eduardo Anguita, partidario de Eduardo Frei, tuvo que lustrarle los zapatos a Müller durante una semana.

Müller continuó con su activismo durante las elecciones presidenciales de 1970 y se ganó una predeciblemente negativa crónica en la revista Punto Final, publicada en julio de ese año. En ella se le describe como un «oscuro escritor de la generación del 50» (y dada su nula productividad literaria, tal vez a esas alturas sí fuera oscuro) que luego de trabajar como relacionador público de Nelson Rockefeller en Argentina ha llegado a Chile a sumarse a la campaña en contra de Salvador Allende.

En una crónica de Cristián Hunneus aparecida en la revista Hoy en septiembre de 1977 y titulada «¿Qué fue de los buenos muchachos?», el autor destaca a Müller como uno de los tantos escritores chilenos de calidad que hace años dejó de publicar. Hunneus menciona que a fines de la década del sesenta Müller trabajaba en Buenos Aires para una firma asesora de inversionistas norteamericanos. Si bien buena parte de los autores que enumera Hunneus también se fueron del país, el caso de Müller es interesante por ser quizás el único que no siguió vinculado a la actividad literaria.

¿Quién habrá sido este autor de nombre atípico (para Chile) y que abandonó una carrera promisoria – si es que dedicarse a la literatura es una opción promisoria – por los negocios y la política? A juzgar por su única novela, un escritor atormentado o que al menos podía describir los vaivenes de una mente convulsionada con precisión y lirismo. El narrador anónimo de Sin gestos, sin palabras, sin llanto ha abandonado una vida que es de suponer era más holgada y deambula por las zonas semirurales de afuera de la ciudad (¿Santiago?). Desde la primera página, dice: «Puedo seguir caminando sin rumbo, limitado por las hileras de alambre que a cada lado del camino indican la inviolabilidad de los predios. Seguiría, sí; el tiempo ha perdido su valor. No necesito volver, el transcurrir ya no me importa«. Su vida anterior es descrita como «los tiempos en que los problemas de los demás se sumaban a los míos» y para desligarse de la realidad su mente invocaba «el acordeón tremolante de una orquesta enigmática para protestar heroicamente la angustia que me exaltaba«.

En su andar se topa con una mujer con la que aparentemente tiene encuentros sexuales esporádicos, convive en una pensión con alguien que identifica como su «amigo» – con quien mantiene un «acuerdo tácito» de no indagar sobre su pasado- y parece lamentar el haber perdido una mujer a manos de otro individuo que alguna vez también fuera su amigo. Su ruptura con el pasado es total: «Al parecer soy indestructible. Cuando se ha perdido el sentido de las proporciones hasta el punto de alterarse porque la lavandera se nos atrasó con la ropa limpia o la Compañía deja de suministrarnos luz, entonces, todo está perdido. Las costumbres han ganado la batalla».

El narrador, una especie de Meursault que a ratos comunica sus emociones a través de una caótica corriente del pensamiento, es un personaje inusual en la literatura chilena, más dada, al menos en esos años, al realismo. Su desvarío me recordó al narrador anónimo de la colección de cuentos del autor estadounidense Denis Johnson, Hijo de Jesús (1992). En el último relato del libro, el personaje describe cómo una familia de un padre, una madre y un niño, le da un aventón en la carretera y termina sufriendo un accidente automovilístico. En una imprecación que puede ir dirigida tanto a la familia como a los mismos lectores, el narrador declama en la frase que concluye el relato: «Y ustedes, ustedes, gente ridícula, esperaban que yo les ayudase».

AntologíaEl personaje de Müller también adopta ese tono elegíaco al final del relato: «Si nos empinamos hacia adentro, ¿qué veremos? ¿Qué escuchamos?… Con asombro al principio, luego con tranquilidad, que nuestras opiniones son una frase interminable que comenzó en un balbuceo y se apagará en el «Amén» o en el sorprendido «¡Mamá!» que exhalarán nuestros labios desfallecientes». La novela parece concluir en un bar donde el personaje  espera que su orquesta interna vuelva a «tremolar heroica«, pero esta vez no para comunicarle angustia, sino para decirle que no puede desandar lo andado y que la ruptura con el mundo era su única opción. Y «esta vez, sin gestos, sin palabras, sin llanto, la escucharé decir: ‘¿Ves? Eso era todo’«.

Si bien el caso de Müller no es único en la literatura chilena, siempre es estimulante redescubrir a autores que alguna vez gozaron de éxito y hoy son olvidados, no necesariamente por la falta de méritos o la obsolescencia de su obra, sino por esa costumbre chilena (y quizás no solo chilena, pero que para estos efectos no vale la pena profundizar) de preservar lo mínimo, de refugiarse en mantras ridículos como que «en Chile hay muy pocos prosistas buenos» y de mirar hacia adelante como si el pasado nos diera miedo o, peor aún, tedio. En esa línea, más adelante me gustaría explorar la obra de otros autores chilenos olvidados y tan dispares entre sí como John Smith, Nicolás Mihovilovic, Camilo Pérez de Arce o Leoncio Guerrero. Pese a que la obra de algunos no ha  envejecido bien, en conjunto da cuenta de una vitalidad en nuestra literatura (y estoy consciente que hasta hablar de una literatura «nacional» hoy en día es considerado ingenuo) que ha sido ignorada más por flojera que por la dificultad para acceder a los distintos autores.

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Cort McMeel (1971 – 2013)

PWG-Winter2013-homeLa edición de primavera de Plots With Guns incluye mi obituario del escritor Cort McMeel, quien falleciera en abril pasado. Si bien solo dejó una novela publicada (Short, acerca de un grupo de corredores de bolsa en Boston) y una decena de cuentos, su influencia como editor y promotor de una serie de autores jóvenes de novela negra en Estados Unidos será recordada por mucho tiempo. Desgraciadamente, ni su libro ni sus relatos han sido traducidos del inglés, algo que espero se remedie en el corto plazo, junto con la publicación de su novela inédita sobre el mundo del boxeo y las artes marciales, Cagefighter.

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Entrevista en la revista Sub-Urbano

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Project: Abandoned Factory 5, Mister Dedication

Fragmento de una entrevista con la revista Sub-Urbano de Miami.

Pocos escritores (extranjeros) que se acercan a dar una mirada al vasto territorio de los Estados Unidos mira los puntos más conocidos, los que se venden en las postales y guías turísticas.  Hay una fascinación por ese otro país: el que está tras las bambalinas de la Estatua de la Libertad o el Golden Gate. Un país lleno de carreteras solitarias, campos y sembradíos en medio de aldeas que parecen abandonadas, y por supuesto, “hoteles vacíos”. ¿A qué cree usted que se deba esta mirada? ¿Acaso es la atracción por lo desconocido? ¿O es que esos terrenos aparentemente baldíos tienen mucho más que contar acerca del verdadero perfil del americano?

Siempre me ha interesado ese Estados Unidos que es bastante más vasto y diverso que la imagen proyectada no solo hacia afuera del país, sino que hacia y desde las grandes ciudades dentro del país, donde se define el discurso público. Pese a que viví la mayor parte de mi vida en Chile, nací en EE. UU. y actualmente resido acá por lo que siento que prestarle atención a la parte más inmediata de mi entorno es sencillamente una consecuencia natural de lo anterior. Esos son mis vecinos o bien la gente que va a los mismos lugares que yo el fin de semana, ya sea a comprar libros usados o ver una pelea de box. Me llama la atención la persona que transita esas carreteras desiertas, que solía trabajar en esas fábricas abandonadas, que administra hoteles vacíos y que vive en esos enclaves que tienen mucho más que ver, tanto por su aislamiento como por la vida que llevan sus habitantes, con el así llamado tercer mundo que con la nación cosmopolita que coexiste en mutua desconfianza dentro del mismo territorio.

Mirar a ese otro EE.UU., creo, también obedece a no aceptar pasivamente el rol de autores “latinos” que se impone transversalmente desde el consenso conservador-progresista del país. Este se observa desde los discursos políticos sobre inmigración hasta las reseñas que obtienen los autores latinos por parte de muchos críticos literarios estadounidenses, con alusiones majaderas al realismo mágico o a estereotipos manoseados. La gran prueba de la imaginación de un escritor, dice Wendell Berry, no es el territorio del arte o el de la mente, sino el territorio que tenemos bajo de los pies. El epígrafe de Eudora Welty que uso en mi libro alude a lo mismo. Me parece más interesante enfrentarse a este territorio con el bagaje propio que simplemente llegar a instalarse y escribir sobre cómo echamos de menos el pan amasado que hacía nuestra abuelita en nuestra aldea de origen o cómo “el güero” no sabe lo que es realmente tener una familia. En definitiva, llegar a un lugar y conocerlo en vez de llorar por el lugar que perdimos o, peor aún, llorar porque así les es más fácil a otros catalogar tu literatura y que eventualmente te publiquen.

Aproximarse de esta manera a EE.UU. y recalcar que en West Virginia o Kentucky no se vive igual que en Nueva York o Los Ángeles, es también una manera de renegar de ese mal hábito del mundo literario latinoamericano que es vivir en cantones. Si bien queremos que en EE.UU. se reconozca una identidad literaria hispana, en nuestros propios países operamos como si no hubiera nada fuera de nuestras fronteras. Si nos preguntan por Argentina, sabemos quién es Borges pero no quién es Selva Almada; si nos preguntan por Colombia, sabemos quién es García Márquez pero no Mario Mendoza; si nos preguntan por Perú, sabemos quién es Vargas Llosa pero no Peter Elmore. Como escribió Bolaño sobre la literatura de su país: “La literatura chilena, tan prestigiosa en Chile”.

(Ver la entrevista completa en Sub-Urbano.com)

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Sub-Urbano

logoMi artículo «La epifanía de Norteamérica» en el último número de la revista Sub-Urbano.

 

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