Simenon en Estados Unidos (1945 – 1955)

II. La reinvención de Simenon.

Pese a que su plan era emigrar a Estados Unidos, mientras tramitaba la autorización para viajar Simenon descubrió que era mucho más fácil obtener una visa para Canadá. Con la ayuda de la embajada belga logró la anuencia del gobierno provisional francés para partir a Quebec. A sus 42 años, Simenon dejaba Europa para reinventarse, aunque no necesariamente como escritor. Hacía unos años había pactado con su mujer convivir en un matrimonio abierto que le permitiera saciar lo que describiera en una carta a su amigo André Gide como sus “apetitos”. Al poco de asentarse en el pueblo de Saint-Marguerite-du-Lac-Masson, a 30 millas de Montreal, Simenon comenzó a explorar los burdeles de la región así como a viajar frecuentemente a Nueva York. Con su nueva vida ponía fin a lo que según Simenon fueron veinte años de represión motivada por su miedo a hacerle daño a su familia. Como le confesara a Gide, “Tal vez eso es lo que le dio a mi obra aquel tono (…) de fría, clara desesperación” en la que viven sus personajes, particularmente en las novelas de corte existencialista y negro que han pasado a ser conocidas como sus romans durs.

En un viaje a Nueva York, Simenon conoció a quien sería su segunda mujer, Denyse Ouimet. Su relación inspiraría otra de sus novelas, Tres habitaciones en Manhattan (1946) y al poco tiempo Ouimet, contratada como su secretaria personal, se iría a vivir junto al escritor y su familia. Tres habitaciones… inicia el “período americano” de Simenon, celebrado por críticos y biógrafos como uno de sus más fructíferos en términos puramente literarios. Para el prolífico autor, cada novela era una oportunidad de superarse y, aunque lo negara públicamente, darle a los críticos franceses esa novela “seria” que hacía rato esperaban. Es decir, una obra que lo ayudara  a desechar, en palabras de Gide, su “peligrosa reputación de autor de novelas criminales, un género sospechoso y desacreditado que lo confina a los suburbios de la literatura”.

Esta aspiración se expresa con furia en una carta de 1948 a su editor, Sven Nielsen, quien tuviera la osadía de sugerirle que pospusiera la publicación de su novela autobiográfica Pedigrí (1948) y se concentrara de momento en producir más títulos de su exitoso personaje, el inspector Maigret.

Simenon comparó la solicitud de Nielsen con la que “un ferretero le haría a un proveedor” y le hizo saber cómo, a pesar de su fama de novelista popular, él tomaba su escritura muy en serio. “No voy a escribir Maigrets para ganar dinero en forma rápida y a cualquier costo”, dijo a su editor, quien se encontraba preocupado por el mal momento que vivía la industria editorial francesa tras la Segunda Guerra Mundial. “Según lo determine mi inspiración, voy a continuar calmadamente el trabajo que comencé hace veinticinco años, confiado en que los períodos de baja temporales sean compensados por períodos de alza, tanto para mí como para mi editor. No espero despegar inmediatamente. No estoy manufacturando jabón o pasta de dientes”.

Contratado por France-Soir para escribir una serie de crónicas sobre la Costa Este de EE.UU., Simenon comenzó a recorrer el país. El viaje lo llevó a mudarse a Florida y eventualmente a deambular por los estados sureños rumbo al Oeste. Fascinado por el clima del desierto, finalmente se asentó en Tucson, Arizona, lugar que le cambiaría la vida.

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