La influencia literaria de Estados Unidos (2da parte)

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(Ver 1ra parte)

De los escritores y editores consultados en el debate de Intemperie, me parece que con el que más coincidencias tengo es con Francisco Díaz Klaassen. Respondiendo a algunas de las generalizaciones que se suelen hacer sobre la literatura estadounidense, Díaz llama la atención sobre el hecho “que la literatura que más se encasilla probablemente sea la menos proclive a serlo”. Es decir, pretender homogeneizar una tradición literaria marcada por las diferencias regionales, socioeconómicas, temáticas y, en el último tiempo, la creciente disgregación multicultural de Estados Unidos, es un absurdo.

En una entrevista reciente, el historiador David C. Ward, curador de una exhibición sobre retratos de poetas estadounidenses que se exhibe actualmente en Washington, DC,  hablaba de la imposibilidad de generar un relato totalizador de la poesía del país. Ello se debe, principalmente, a la pluralidad de voces poéticas que han emergido en las últimas décadas y que refutan todo intento por hablar de “una poesía estadounidense” como se pudo entender en la época del así llamado “modernismo americano” que comienza con Whitman y Pound. El deseo de hablar de la “experiencia americana” dio paso en los años 70 a voces más idiosincráticas e interesadas en expresarse desde fuera de la cultura euroamericana dominante, como es el caso de poetas como Amiri Baraka, o desde una poesía derechamente confesional como la de Louise Glück o Jorie Graham.

El fenómeno es igualmente marcado en otros géneros literarios. Si la sociedad estadounidense cambió políticamente con hitos como el movimiento por los derechos civiles o demográficamente con la liberalización de las leyes de inmigración en 1965, ¿cómo se puede pretender que su literatura siga igual, que todo siga transcurriendo en los suburbios de Cheever y Yates, que se exprese a través del minimalismo de Carver y Tobias Wolff, y que el canon permanezca relativamente inalterable? La peregrina idea de que la literatura estadounidense está completamente dominada por criterios comerciales (¿hay algún fenómeno artístico popular que hoy sea inmune a ello?), que se publica al son de operaciones editoriales calculadas y que el mercado ha homogeneizado la totalidad de la producción literaria es solo dar cuenta parcial de la realidad. Así como muchos en Chile destacan la labor de las editoriales independientes, es ridículo pensar que en EE. UU. no existe desde hace décadas un fenómeno similar, y que sellos como Graywolf, Melville House o la mítica City Lights (que publicara el Howl de Ginsberg) no cumplen un rol parecido. Asimismo, también se ignora la labor de promoción de autores nuevos y recate de obras olvidadas por parte de las cientos de universidades estatales a lo largo del país, incluyendo sus estados más recónditos.

Díaz Klaassen también se hace una pregunta que ningún otro entrevistado aborda: “¿por qué no buscar lecturas en otra parte? Y esa otra parte, ¿por qué tiene que ser Latinoamérica? La tradición latinoamericana, como la entiendo yo, nunca se ha discriminado con sus fuentes (ni se ha avergonzado de ellas)”. Si Faulkner fue una lectura de muchos escritores del Boom o Tagore una lectura de Neruda, ¿por qué otros no pueden mirar más lejos de su tradición sin que se les vea con sospecha? ¿Qué sería del propio Borges sin su caudal de lecturas “ajenas” a su cultura?

Y es que hasta las expresiones más pretendidamente auténticas de la literatura hispanoamericana pueden tener raíces en tradiciones ajenas. En un ensayo sobre el criollismo sudamericano publicado en la revista Atenea, el exponente más señero del criollismo chileno, Mariano Latorre, cita como la gran influencia de dicho movimiento al estadounidense Bret Harte, conocido por sus relatos sobre el Oeste y la fiebre del oro californiana. Pese a la influencia indudable de autores como Zola y Maupassant sobre los escritores latinoamericanos de comienzos del siglo 20, para Latorre fue la narrativa de Harte, con su “sentido americanista” e “interpretación del paisaje” – quizás las dos mayores obsesiones de los criollistas chilenos – la que realmente contribuyó a consolidar una escuela  que por muchas décadas, y tal vez hasta la irrupción de la generación del 38, fue la cara visible de la literatura chilena.

La crítica sobre la supuesta homogeneidad del sistema literario estadounidense  es atendible si se reconocen ciertas tendencias recientes como: la crisis de la industria editorial y la acentuación de un modelo de negocios centrado en descubrir al best seller de la temporada, la impostación de cierta literatura multicultural calculada desde su concepción para agradar al crítico y al lector vulnerables a los exotismos y deseosos de reafirmar estereotipos políticamente correctos (un fenómeno muy bien desmenuzado por el escritor Anis Shivani en su crítica a autores como Jumpa Lahiri y Junot Díaz), y el clientelismo de muchos programas de escritura creativa (también analizado por Shivani en el que tal vez sea su ensayo más conocido y feroz). Pero por avasalladoras que sean estas tendencias, no impiden la generación de otros fenómenos como la literatura popular conocida como “urban lit” dirigida a la juventud afroamericana, la literatura de corte experimental o simplemente no tan comercial que encuentra refugio en las ya mentadas editoriales independientes y universitarias, y la literatura hispana que comienza a gestarse desde EE. UU. por autores ya sea radicados o nacidos en el país y cuya preferencia es entrar en diálogo con su símil estadounidense en vez de editorializar sobre la inmigración, o apelar al clientelismo étnico de las peores obras de este subgénero.

Más que un llamado a reconectar con la tradición literaria hispanoamericana, ese recelo hacia las lecturas de un puñado de autores parece una versión curiosamente aceptada de nacionalismo. Un rechazo voluntarista a una globalización cuyos efectos en otros ámbitos suelen ser aplaudidos dada su consonancia con el ideario progresista de gran parte de la elite cultural chilena. Pero como muchas reacciones fundadas en la caricatura, si se llevan hasta las últimas consecuencias, el prejuicio salta a la vista. En este caso, creo que detrás de esta crítica hay un bienintencionado pero dañino deseo de reivindicar la cultura, algo muy  similar a la demanda al gobierno de turno por mayor apoyo a la creación nacional. Sin embargo, una cosa es el legítimo derecho de exigirle al Estado la articulación de una política cultural como, por ejemplo, la que beneficia a la industria cinematográfica en Francia, y que por definición violenta la devoción fetichista de los ultraliberales por la competencia. Otra muy distinta es pedirle a autores que establezcan un sistema de cuotas y subsidios a nivel de sus lecturas personales y violenten sus propias predilecciones estéticas e intelectuales so riesgo de ser acusados de filoyanquis.

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