La influencia literaria de Estados Unidos

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La revista Intemperie ha publicado un interesante debate acerca de la influencia de la literatura estadounidense en los jóvenes escritores chilenos. Entre las tesis que se barajan – pese a que el artículo no necesariamente se casa con una – hay dos que me parece quedan sin comentar y más bien son reafirmadas sin análisis por la mayoría de los entrevistados, un diverso grupo de editores independientes y escritores.

La primera es una que se repite en la introducción y es compartida por varios de los entrevistados: que los escritores chilenos proclaman con cada vez mayor frecuencia su predilección por Ford, Carver, McCarthy, Pynchon, Franzen, Foster Wallace e incluso autores bastante más viejos como Faulkner y Capote. No dudo que sea así, pero creo que el hecho se constata en un tono casi de acusación,  y se sugiere que esta devoción por los norteamericanos  conduce a los autores jóvenes de Chile a estar “hipotecando una tradición literaria escrita en nuestro idioma”. Es cierto que no siempre los escritores son buenos lectores, pero me cuesta creer que en Chile o Latinoamérica un autor pueda abstraerse a tal punto de su entorno que ya no lea ni sienta curiosidad por una tradición literaria que incluye a obras tan distintas como las de Borges y Onetti (o, en Chile, las de Juan Emar y Manuel Rojas) o que escriba completamente de espaldas a lo que están publicando los demás. Salvo Marcelo Lillo, a quien creo haberle leído una entrevista en que aseguraba no leer a autores chilenos, no sé de nadie más que haga lo mismo (o diga hacerlo).

Esa misma constatación tampoco parece suscitar un comentario más acabado acerca de las supuestas repercusiones negativas que tendría esta – igualmente supuesta – predilección de los escritores jóvenes chilenos por los estadounidenses. Más bien parece darse por hecho que se trata de un fenómeno dañino.  Sin embargo, ¿es justo pedirle a un escritor chileno que entre “en diálogo” con Jorge Edwards o que en vez de leer lo último de Chabon (o de quien sea), primero se ponga al día con las semblanzas sobre “el Santiago que se fue” de Los círculos morados?

Más allá de la crítica pedestre de que Chile se ha llenado de palmeras en el barrio alto y restaurantes de comida rápida, la que al invocar unos clichés de chiste viejo da una realidad por sentada, no veo grandes argumentos para asegurar que el país se ha convertido en una mala copia de Estados Unidos. Más aún, no creo que sean tantos los que aspiren a que Chile sea tal copia. Hoy, hasta EE. UU. es una mala copia de sí mismo y basta oír los discursos políticos tanto republicanos como demócratas que evocan a un país idílico que nunca existió – y por lo tanto no puede volver – para entender que todo intento de replicar lo que sea que se entiende por su “way of life” (como comenta Cynthia Rimsky en Intemperie) es imposible. Más que convertirse en una copia de EE. UU., Chile se ha convertido en un país de mierda – lo que suena parecido, pero no es lo mismo – y creo que es un tema que no se puede explicar solo desde la literatura. Intentar comprender lo que pasa en Chile en base a una mala interpretación de lo que es una sociedad disgregada como la estadounidense es reducir el análisis a etiquetas.

Pero volvamos a los libros. No entiendo la molestia que suscita entre algunos el que un lector o escritor joven en el año 2012 sienta más curiosidad, mayor identificación o hasta crea que le puede sacar mayor partido a un libro de Franzen que, por ejemplo, a Ardiente paciencia de Antonio Skármeta. Es cierto que el Chile en que vive un escritor joven hoy no se parece realmente a los suburbios estadounidenses de John Cheever, pero tampoco se parece a ese Chile endogámico que describe Edwards en sus memorias, donde ser de los Larraín de Talca o ser de los Larraín de Valparaíso constituye un mundo de diferencia.

En definitiva, ¿es tan negativo que un escritor chileno lea a autores de otro país, que los lea con mayor frecuencia que los que publican en su lengua, o que los lea “en exceso”, como si se pudiera establecer una medida que distinga la curiosidad del arribismo? A veces, la crítica a estos autores en teoría embobados con EE. UU. se parece a querellas aún más rancias, como las peleas de Mariano Latorre y Alone, y la obsesión del primero por hacer un inventario de los elementos que componen el paisaje chileno y una literatura “propiamente chilena” basada en descubrir los “tipos nacionales”.

Si bien pedirles a los autores chilenos que sean más receptivos a su entorno y a la literatura que les es más cercana culturalmente no es lo mismo que abogar por un criollismo tipo Latorre, en ambas actitudes se aprecia una suspicacia de lo foráneo y una descalificación apriorística del que mira hacia afuera como un snob, un siútico, un desarraigado y hasta un desclasado. ¿Acaso se les exige también a los rockeros chilenos dejar de escuchar tanta música estadounidense y estar más atentos a la escena rock en su propia lengua? Y si no, ¿por qué no? ¿Acaso alguien puede dudar de que la exposición al cine estadounidense (y de otros países) por parte de cineastas jóvenes chilenos ha redundado en mejores películas nacionales en las últimas décadas? ¿Acaso alguien les pide a los estudiantes de filosofía que lean más Maturana y Giannini y menos Zizek?

El otro supuesto que se repite con cierta frecuencia en el debate de Intemperie, y que a mi juicio ni siquiera se cuestiona, es la idea de que “nos hemos acostumbrado a los narradores [chilenos] que poco a poco han generado un fantasma del suburbio gringo, de Nueva York, de la clase media que retrató Carver”. Lo más probable es que no haya leído a suficientes autores chilenos nuevos, pero creo que a ese argumento le faltan nombres. ¿Quién o quiénes en Chile están escribiendo sobre suburbios agringados (los que, por cierto, son muy distintos a una ciudad como Nueva York) y una clase media tipo Carver? Una cosa es que algunos recurran, con éxito o sin él, a ese minimalismo que, dicen, “abunda en los talleres literarios” chilenos. Otra distinta es que alguien escriba específicamente pretendiendo que lo que ocurre en Chile tiene alguna similitud con los suburbios gringos, más allá de lo superficial como la forma de vestir, las supuestas palmeras del bario alto, los remakes televisivos de series que ya eran malas en su versión original, y la nueva predilección por usar el término stand-up para referirse a las rutinas rancias de mal llamados humoristas o la chulería de decirle late a programas de conversación nocturnos que tienen más en común con Noche de Gigantes que con Conan O’Brien.

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