La epifanía de Norteamérica

Norteamerica_profundaLa epifanía, dice el escritor Charles Baxter, se ha convertido en un sucedáneo moderno de las manifestaciones divinas. Pese a que incluso la raíz etimológica de la palabra alude a un contacto con lo sagrado, su uso cotidiano describe más bien un momento de iluminación personal.

En su ensayo “Against Epiphanies”, Baxter asegura que uno de los lugares donde la epifanía actual goza de mejor salud es en el cuento anglosajón. La naturaleza breve del género lo asemeja a la parábola y, por las características propias de la narrativa, es mucho más apropiado para comunicar una revelación o describir la transformación interna de un personaje que medios como el cine o la televisión. La tesis de Baxter – que naturalmente hay que entender como un modelo y no como una descripción fehaciente del panorama literario – apunta a Henry James y James Joyce como los principales artífices de esta transición. Con ellos, el cuento habría descartado la narrativa tradicional centrada en la trama o plot, estructura que hoy sobrevive más bien en la literatura de géneros como el policíaco. El cuento estadounidense actual exhibiría una marcada preferencia por el desenlace revelador de relatos clásicos como “Arabia” del propio Joyce o “Adiós, hermano mío” de John Cheever. En el primero, la revelación la experimenta el personaje principal al darse cuenta que está solo en el mundo. En la historia de Cheever, la epifanía cobra un tono mítico, donde el narrador deplora el pesimismo del hermano del título y, casi inconscientemente, lo contrasta con la bella imagen de su mujer y su hermana nadando desnudas en el mar.

Con la proliferación de los programas de escritura creativa en Estados Unidos, la epifanía se habría vuelto una característica aún más reconocible en el cuento norteamericano. Es lo que Baxter también describe como el momento “¡ajá!” de un relato y que para autores como Michael Chabon ha derivado en un cuento que suele concluir con un “momento de la verdad revelador”, ya sea para el lector, un personaje o ambos.

¿A qué viene esta disquisición? Pues al hallazgo que ha constituido la reedición por parte de Salto de Página de Norteamérica profunda (2008, 2012), colección de cuentos del escritor español Juan Carlos Márquez. En Norteamérica profunda abundan las epifanías y, como su título lo sugiere, se trata de relatos ambientados principalmente en Estados Unidos. Si bien bebe de la tradición de Fitzgerald, Carver, Bausch, O’Hara, Cheever y tantos otros, la obra está lejos de ser un pastiche o un guiño metaliterario y más bien constituye una audaz aproximación a la mitología de Estados Unidos. Márquez evoca realidades a través del prisma de personajes teóricamente ajenos a su (¿y nuestra?) cultura, y sin embargo recrea una Norteamérica tan reconocible como novedosa.

En “Delaware”, el relato que abre la colección, una familia se asienta en tierras aún no pacificadas por los colonos y debe dormir con un ojo abierto ante la amenaza del regreso de quienes, en palabras de un personaje, “hace sólo unos meses” controlaban este “territorio salvaje”. El encuentro solo se da al final, cuando el galope de caballos en la noche lleva al padre y al hijo, quien también es el narrador de la historia, a asomarse a la ventana de su casa recién construida:

“Los potros que habíamos visto en el río habían saltado la zanja que cavó papá y daban vueltas al galope a nuestra casa levantando nubes de polvo; pero a la cabeza, en uno muy blanco, cabalgaba un indio armado con una lanza. Papá agarró su mosquete y apuntó al frente, pero el indio pasaba tan veloz ante el ventanuco y era tal la polvareda que no ofrecía un buen blanco. En una de las vueltas el indio se entretuvo en levantar su lanza hacia el cielo y papá le acertó de pleno (…) Entonces los potros saltaron la zanja y se adentraron relinchando en las mimbreras. Seguimos oyendo sus relinchos durante un rato hasta que llegó el silencio, un silencio contagioso, esencialmente contagioso, que se fue expandiendo por el valle”.

En un lenguaje simple pero no menos evocador, Márquez describe en una escena algunos de los aspectos que suelen fascinar (y repeler) de Estados Unidos: la cultura forjada en la frontera, el espíritu azuzado por la vastedad del paisaje, y el aplastamiento brutal de quienes obstaculizan ese destino supuestamente manifiesto.

norteamericaDicha brutalidad se aprecia en forma más sublimada en “Memphis”, relato sobre un afroamericano que al salir de la cárcel se da cuenta que, en una sociedad como el EE.UU. inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde la segregación racial aún es la norma, alguien como él nunca podrá dar vuelta la página ni ser libre del todo. Su epifanía se da tras ser insultado por un racista en un tren rumbo a Memphis, pero perfectamente pudo ocurrir en el momento en que se le condenó a presidio. La idea de reinventarse y partir de cero, tal vez uno de los mitos fundacionales del país, también vive en los personajes del relato “Bloomington”. En éste, la muerte de un soldado en Saigón fuerza a su viuda e hijo a dejar el Bronx y mudarse a una granja en Minnesota.

El paisaje reaparece en “Churchill”, la historia de un beisbolista que lleva a su mujer enferma de cáncer a contemplar la aurora boreal al pueblo canadiense del mismo nombre. Su viaje a través de puntos en el mapa que van “quedando atrás con sus casas de planta baja, sus aserraderos y sus lagos de hielo” y donde cada noche se parece “a la siguiente como un copo de nieve a otro” concluye con la pareja mirando las estrellas. Hopkins, el deportista capaz de “batear una bola franca a más de cien millas por hora”, solo atina a pedir un deseo que sabe no se va a cumplir.

Cuando en 1952 Hemingway publicó “El viejo y el mar” en la revista Life, la edición vendió más de cinco millones de ejemplares. Hoy, el cuento estadounidense es una de las primeras víctimas de la crisis de la industria editorial y apenas sobrevive en las páginas de revistas como The New Yorker y publicaciones académicas de escasa circulación. No deja de ser interesante que aún así continúe siendo un referente para tantos autores iberoamericanos, quienes con mayor frecuencia reconocen a través de su propia obra esta influencia así como la de la cultura estadounidense. Ello se puede observar desde libros como El ángel literario de Eduardo Halfon hasta la reciente colección de textos Sam no es mi tío, editada por Diego Fonseca y Aileen El-Kadi, y pasando por novelas de autores tan disímiles como Edmundo Paz Soldán (Norte), Blanca Riestra (La noche sucks), José Luis Muñoz (La frontera sur), y Luis Hernán Castañeda (La noche americana),  entre tantas otras.

Si bien Juan Carlos Márquez ha seguido otros derroteros en libros de relatos como Llenad la tierra (2010) y Tangram (2011), se podría decir que con Norteamérica profunda se suma a este coro de miradas hispanas a Estados Unidos. Sin embargo, no sería hacerle justicia, ya que principalmente se trata de una excepcional colección de cuentos.

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